Otra vez, por enésima vez, desde más allá de Despeñaperros se desprecia a Andalucía. Ni es la primera, ni, me temo, será la última, pero en esta ocasión la enjundia de la afrenta merece mucha mayor atención y respuesta, pues pretende, con la complacencia y acuerdo seguros del gobierno interino actual en España, jugar con nuestras «cosas de comer».

El señor Urkullu ha vuelto a poner sobre la mesa el debate superado de la consideración de Andalucía como nacionalidad histórica. Después de casi cincuenta años, de una movilización como nunca del pueblo andaluz, que superó todas las pruebas y obstáculos que unos y otros pusieron en el camino y que ningún otro territorio tuvo que afrontar para conquistar su autonomía de primera, pretende «avanzar» en la vertebración territorial del Estado dejándonos en los furgones de cola. 

Ante la situación de desconcierto político general, la ascendente polarización de las ideologías y las opiniones públicas, y la desaparición cada vez más evidente de Andalucía del debate estatal, con el silencio cómplice de los 61 diputados andaluces «okupas» de unos escaños pensados para defender a nuestra tierra, se hace necesario rebelarnos en la búsqueda de una respuesta certera al sentir y a las necesidades del pueblo andaluz.

Ya en los albores de la democracia vivimos un momento parecido, por supuesto en una situación histórica diferente, pero en una encrucijada política y social muy similar. Con nadie que defienda Andalucía sin mayores compromisos con la Moncloa, se antoja que nuestra bandera permanecerá arriada como ya pretendieron entonces todos los grupos políticos hasta el surgimiento de la segunda generación del andalucismo, ese que desde el asesinato de Infante había permanecido amordazado por el régimen fascista.

Ahora igual que entonces, el andalucismo social y político real, no el de pacotilla que lo utiliza por mero interés electoralista, será el único capaz de generar en nuestra sociedad la necesidad de movilización, la necesidad de alzar la voz desde Ayamonte a Cabo de Gata y desde Gibraltar a la Sierra Morena para que en todos los territorios más allá de nuestras fronteras vuelvan a saber que Andalucía no solo es mayoritaria en población, en número de diputados o senadores, sino que mantiene un sentimiento de pueblo oculto capaz de aparecer con fuerza cuando menos se le espera. 

El andalucismo sigue muy vivo, mimetizado en muchas manifestaciones culturales y sociales, en puntos de algunos programas políticos de formaciones que siguen luchando por mantener la llama encendida y, como no podía ser de otra forma, oculto en el corazón de la mayoría del pueblo andaluz.

Es la hora de afrontar este reto con determinación, de volver a encender la llama más refulgente de nuestra gente, porque no hay mayor muestra de amor a Andalucía que estar siempre dispuesto a hacer lo que ella necesita.

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