A mediados de junio de 2017, el Gobierno andaluz de Susana Díaz sufría una importante renovación. Desde algunos meses antes, se venía tejiendo el paño para que Madrid o Barcelona (el «clásico» por antonomasia) se quedaran con la sede de la Agencia Europea del Medicamento, un organismo muy importante que el Brexit obligaba a sacar de Londres y buscar acomodo en otra ciudad europea. Como siempre, estos dos agujeros negros de poder e influencia, se reparten las posibilidades reales, ignorando a otros territorios del Estado y aumentando así la brecha económica que les separa de «provincias».

Entre las candidatas alternativas estaban Málaga y Granada, dos ciudades andaluzas que empiezan a despuntar en materia tecnológica, y más concretamente en biotecnología, creando en silencio y con mucho criterio en los últimos años un interesante ecosistema biosanitario que dará muchos y buenos frutos a nuestra tierra. En los primeros días de julio de 2016, la XII legislatura tenía en la composición de la Mesa del Congreso su primer escollo y tras un furtivo apoyo de ERC y Convergencia, oculto en una tupida cortina de humo, Ana Pastor se aupó a la presidencia de la Cámara. Tres días después de aquel 17 de julio, Soraya Sáenz de Santamaría se reúne en Moncloa con Oriol Junqueras en una visita relámpago tras la cual, el catalán salió de Madrid con el anuncio de la designación de Barcelona como candidata española para albergar la sede el organismo, cuyo plazo de presentación de candidaturas terminaba ese mismo mes. En ese enjuague participó, como cooperador necesario, Albert Rivera, el azote de los nacionalistas catalanes a los que acusaba de chantaje permanente. Ya ven lo que le duraron los principios.

Algo más tarde, el acuerdo político de PP, PSOE, Cs, En Comun (Catalunya en Comú, Podemos y Ezquerra Unida de Catalunya, perteneciente al grupo parlamentario Confederal de Unidas Podemos) y UPN apoyaron la decisión de llevarse la AEM a Barcelona. Así, para estos grupos, ni Málaga ni Granada contaron en ningún momento como candidatas. Este ejemplo, escogido de entre decenas, y al margen de que finalmente el organismo se quedó en Ámsterdam, sirve para evidenciar que por mucho que ahora unos y otros hablen de trabajar por Andalucía, de corregir los desequilibrios territoriales, de apostar en serio por esta tierra, ya sea con frentes o sin frentes, lo cierto es que a la hora de la verdad todos, absolutamente todos, encuentran siempre una razón para relegar a Andalucía, para darle la espalda y para traicionarla y esa razón siempre es la misma: mantenerse en el poder y conservar el favor de sus jefes capitalinos.

Como era de esperar, aquel gobierno andaluz de la primera línea de este artículo, tan renovado, tan social, tan fresco, tan capaz, tan comprometido con Andalucía, no defendió en ningún momento ni a Málaga ni a Granada como candidatas, para vergüenza de sus componentes y estupor de propios y extraños. Así, cuando algunos se preguntan de qué hablamos cuando decimos que esta tierra necesita un movimiento político de exclusiva obediencia andaluza, nos referimos a esto, a un partido que no traicione nuestros intereses y que defienda aquello que representa, con lealtad pero con determinación y firmeza.  Y ese partido, no puede tener su sede central en Madrid, porque lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible.

Domingo Funes

Soy granadino, casado y con dos hijos. Estudié Derecho y ejerzo como abogado desde hace 15 años, estoy especializado en Derecho Administrativo, y Obligaciones y Contratos. Colaborador habitual de medios...

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